Por Doric Martë

(Humor elegante + ciencia social.)

«Soy quien soy por quien eres tú» — y no, no es una frase de WhatsApp ni el estribillo de una canción de Coldplay. Es un mantra ancestral africano llamado Ubuntu, y aunque suena a nombre de software libre, en realidad es mucho más libre que cualquier sistema operativo: es una forma de vida. Una forma de entender que tú y yo, aunque distintos, estamos conectados. Como Wi-Fi, pero más profundo.

Sí, somos bioindividuales. Lo que a ti te nutre, puede que a mí me inflame —y no solo emocionalmente, también digestivamente—. Pero esa misma individualidad no nos exime de una verdad universal: todos estamos entrelazados, por dentro y por fuera. Literalmente. ¿Sabías que tú, yo, y la vecina del 301 compartimos un universo interno llamado microbioma? No te asustes, no es una secta. Es ciencia.

El microbioma es una comunidad de microorganismos que vive feliz —o no tanto— en nuestros cuerpos. Y aunque suene como algo sacado de una película de Pixar con bacterias danzantes, la realidad es que convivimos con miles de millones de bacterias, hongos y virus que definen desde nuestro humor hasta nuestras ganas de vivir (y de comer chocolate a las 3am). Y lo más loco de todo: ese ecosistema interno no solo nos pertenece… también es parte de un microbioma global.

Sí, global. Como el cambio climático, pero al revés: si lo cuidamos, puede salvarnos.
Porque, spoiler alert: tu salud no empieza en la nevera, sino en tu relación con la naturaleza.

La buena noticia es que reconectar con lo natural no requiere que te conviertas en un monje vegano en la Patagonia. Basta con tomar decisiones más conscientes: cuidar los suelos que producen tu café, elegir alimentos que vengan de la tierra y no de un laboratorio espacial, proteger los ecosistemas que te rodean aunque sea con un “me gusta” al activista local… y sobre todo, cuidar tu cuerpo como el primer hábitat del planeta que habitas.

Porque sí, la desconexión de la naturaleza no solo enferma al planeta: también desprograma tu salud, tu claridad mental, tus hormonas y hasta tu humor. ¿Y qué clase de existencia llevamos si tenemos Wi-Fi de alta velocidad pero cero conexión con lo esencial?

Lo cierto es que cuando decides sanar tu cuerpo, también sanas el de todos. Y no es un cliché espiritual, es un hecho bioquímico. La salud es contagiosa (igual que el burnout, el fast food y los realities). Así que mejor contagiemos lo bueno, ¿no?

En lo personal, Ubuntu se ha convertido en mi estilo de vida:
Porque si yo estoy bien, puedo cuidar mejor de ti.
Y si tú estás bien, eso también me impacta a mí —aunque no nos conozcamos, aunque vivas en otra ciudad, en otro país o en otra galaxia de redes sociales.

Como decía Mandela —el Mandela real, no el de los memes—:

“Lo importante no es hacer cosas para ser importante. Lo importante es que lo que hagas mejore a los que te rodean.”

Y si logras eso, entonces sí que habrás nutrido algo más poderoso que tu cuerpo: el alma de la humanidad.

Así que la próxima vez que pienses en tu salud, piensa más allá del espejo. Piensa en el planeta. En tu vecina. En tu perro. En el aguacate que viajó 3 mil kilómetros hasta tu plato. En ti. En mí. En nosotros.

Porque, soy quien soy por quien eres tú.
Y si tú estás leyendo esto, es porque ya lo sabías.