Por Doric Martë
Lecciones de Cortesía en la Era de las Estrellas
Hay algo realmente fascinante sobre cómo las celebridades se convierten en nuestros dioses contemporáneos. No importa si son cantantes, actores, influencers o deportistas. ¿Es que realmente necesitan ser tan perfectos? ¿Y por qué, de todos modos, queremos tanto estar cerca de ellos? Ah, claro, porque vivimos en un mundo donde adoramos los escaparates brillantes, las sonrisas de dientes blanqueados y esas vidas perfectamente curadas que parecen hechas para el #InstaLife1. Y ahí estamos, mirando, deseando, pensando que si solo tuviéramos una foto con ellos, nuestras vidas cambiarían. Ese momento mágico en que te encuentras frente a tu ídolo, como si tuviera todas las respuestas a tus problemas existenciales. Y ahí estás, en ese evento, en esa alfombra roja, esperando esa oportunidad dorada para tomarte la foto, sin pensar en lo que realmente representa.
Recuerdo un evento reciente, porque, claro, ¿quién no tiene una anécdota divertida de estos momentos tan glamurosos? Los productores de una película con los que había compartido en Cannes y el AFM de Las Vegas me invitaron a conocer a una de las protagonistas colombianas. Un saludo corto, elegante, y por supuesto, la oportunidad de hacer lo que todos hacían: una foto. Así que, sin pensarlo mucho, me acerqué educadamente y le sugerí que nos tomáramos una foto. Y, de repente, ¡bam! La famosa respuesta llegó: “¡A ver, un momento!”. Gritada, no se trató tanto de las palabras, sino del volumen y el tono, ese “¡Oh por Dios!” que resonó como un grito de DJ en pleno clímax de fiesta. Ahí estaba yo, rodeada de todos los VIP, mientras la grosería de la situación me chocaba más que un bajo estruendoso en una pista de baile. ¿Mi respuesta? Claro, ofrecí una disculpa (¿Cómo no hacerlo?) y esperé la foto que, en ese momento, ni siquiera quería. Porque, claro, en este juego de diplomacia y respeto, uno tiene que seguir las reglas, aunque esas reglas no se sientan justas. Pero en mi mente, algo comenzó a hacer «click». Fue entonces, en ese instante de reflexión, cuando pensé: “¿Por qué estoy esperando esta foto como si fuera la oportunidad de mi vida? ¡Olvidé la regla número uno del glamour! Yo soy la estrella aquí”. No fue tanto el qué dijo, sino el cómo lo dijo. El tono, el volumen, la forma en que me hizo sentir como si fuera su cría de tres años, reprendiéndome por algo tan trivial como pedir una foto.
Lo realmente gracioso no fue el grito o la actitud grosera, sino cómo, después de todo, lo tomé con la calma de quien sabe que tiene la educación para manejarlo con dignidad. Porque, al final, a veces el juego no está en obtener lo que quieres, sino en cómo te manejas cuando no lo consigues. Mi mal genio y molestia pasaron a un segundo plano cuando decidí que la dignidad y la educación serían las estrellas de la noche. Aunque, en retrospectiva, me pregunté por qué no me fui, como cualquier persona con sentido común. ¿Esperar por una foto que ni siquiera quería porque no estaba de ánimo? ¿Obedecer un grito innecesario? Claro, lo hice, porque en este mundo no solo se trata de ser famoso, sino de saber cómo manejar la fama cuando no está de tu lado.
Este pequeño choque de ego me hizo pensar en algo mucho más grande: la relación que tenemos con las celebridades. La fama, ese poder efímero que parece brillante, es también volátil. Las celebridades no pidieron este poder, y aunque se nos presentan como inalcanzables, estamos todos en el mismo barco. Nos venden la idea de que admirar a estas figuras es parte de nuestra vida cotidiana, pero, según Psychology of Popular Media2, más del 70% de los jóvenes en EE. UU. sienten una conexión emocional con al menos una celebridad, lo que les otorga un poder que, a menudo, no saben manejar.
Lo irónico es que, mientras las celebridades construyen su fama, muchos olvidan que un pequeño gesto puede ser la oportunidad perdida del mañana. Un estudio de Psychology Today3 muestra que cuando una figura pública se comporta de manera grosera o distante, pierde el respeto de su audiencia. La humildad y el respeto deberían ser la base, y la grosería de hoy podría ser la oportunidad perdida de mañana.
Como revela The National Academy of Performing Arts4, más del 50% de los jóvenes asegura que la actitud grosera de una celebridad hace que pierdan completamente el respeto por ella —y me sumo, porque exactamente eso fue lo que sentí—. La fama no es eterna, y lo que hoy parece una pequeña falta de respeto puede convertirse en un error fatal para una carrera. Lo gracioso es que, mientras seguimos obsesionados con las estrellas de Instagram, el cine o la tele, ellas mismas no entienden que el brillo puede desvanecerse tan rápido como lo ganaron. La vida da muchas vueltas, y la verdadera estrella no es quien más brilla, sino quien sabe cómo brillar sin dejar que el ego opaque la luz.
Lo más interesante de mi experiencia, sin embargo, no fue solo la actitud grosera de esa protagonista, sino que me hizo recordar mucho de lo que he presenciado tras bambalinas en los eventos más exclusivos. He visto cómo los artistas se creen intocables, pero, en lugar de ser dioses del Olimpo, terminan siendo ignorados por los mismos que tanto admiran. Y es que, claro, algunos no saben manejar esa “fama de segundo” que creen tener. En el mundo del lujo y el glamour, he presenciado situaciones mucho más inesperadas. Como aquella vez en que una foto con una celebridad no solo terminó en un abrazo, sino también en un beso en la mejilla, y una charla tan cálida que terminamos intercambiando números. ¿Increíble, verdad? Pero espera, porque lo mejor vino cuando un billonario en dólares, conocido por tener más compañías que yo amigos en Facebook, no solo evitó hacerme el famoso “desaire de estrella distante” (ese que todos hemos sufrido), sino que, después de un saludo en una tienda de ‘Elmo Cosquillas’5, un domingo por la mañana —con pinta de “ponte algo rápido” y un look de “vengo en moto sin casco”— se mostró genuinamente curioso por mi “energía humana” (sí, claro, mi “energía humana” es lo único que mantengo aunque ande en pijama). Y lo mejor de todo, me presentó a su esposa con la amabilidad de un caballero del siglo XIX. Después, con una sonrisa genuina, salió del local a saludar a mi novio, que esperaba afuera. Yo, completamente sorprendida, me quedé tan callada que mi cabeza estaba buscando respuestas como si se tratara de un software con un error grave. Este sí era un hombre que realmente cautivaba mi respeto y admiración. No era un multimillonario con un ego de siete cifras en dólares, sino un ser humano decente. Fue uno de esos momentos en los que la cercanía y el respeto por el otro rompen cualquier barrera de estatus, fama o espacio personal. Mi reflexión no fue sobre su estatus, sino sobre cómo un poco de decencia puede transformar un encuentro fugaz en algo significativo. Aunque, tengo que admitir que aquí también me auto-censuré… Cuando me preguntó si podía ayudarme en algo, en lugar de dar una respuesta inteligente, respondí con cara de enamorada por primera vez: “No, señor, gracias…” ¡¿PUEDEN CREERLO?! Fue como si el genio de la lámpara de Aladino me ofreciera tres deseos y yo, con cara de atontada, le dijera: “No, gracias, genio, muy amable…” ¡Dios, esos momentos tan épicos, cuántas veces se repiten en la vida, eh! Y por eso lo considero educativo, porque después de darme un par de auto bofetadas para volver en mí, entendí que lo mejor era aprender a tener siempre una respuesta cortés… o, mejor aún, preparar un pitch brillante, por si acaso. Y, claro, nunca olvidar cuidar lo que me pongo antes de salir— así sea por el pan. ¡Nunca se sabe cuándo un multimillonario con buena onda, dispuesto a deslumbrarme con su humildad, decidirá aparecer!
Al final del día, la vida es como la ruleta rusa: puedes dar un giro y esperar que sea la ocasión perfecta… o terminar con un pie en la cara y una foto innecesaria. Pero lo importante es cómo manejas esos momentos. ¿Te caes con elegancia o te enredas en tu propio ego? Porque mientras unas celebridades se olvidan de cómo manejar la fama, nosotros seguimos aquí, con la clase suficiente para reírnos de todo, sin perder el rumbo. Y mientras ellos se preocupan por el brillo, nosotros, con un par de bofetadas autoimpuestas, seguimos siendo la verdadera estrella en la ecuación: la que nunca pierde la dignidad… ¡ni las oportunidades!
Por eso, si alguna vez me invitan a educar sobre cómo navegar este mar de fama, ego y humanidad, no dudaré en compartir lo que he aprendido: la verdadera estrella no solo sabe brillar, sino también manejar el brillo con respeto, humildad y decencia. Porque, al final, el glamour no viene solo con un buen vestido, sino con una buena dosis de sentido común. Y eso, queridos, es algo que todos necesitamos aprender a manejar, en el escenario o fuera de él.
Y mientras la actriz colombiana sigue deleitándose con su ego y su ‘¡A ver, un momento!’, el multimillonario me enseñó que la clase y el verdadero lujo está en el trato respetuoso, no en el dinero. Me aplaudo por manejarlo con elegancia y sin perder el rumbo. Si quieres aprender a manejar tu ego y el de los demás con estilo, ¡contacta conmigo! La educación nunca fue tan chic.

Fuente: Cuando la IA me catalogó como experta en dar bofetadas con guante blanco… y no pude evitar pedir una imagen de cómo sería.
- #InstaLife: Un término que describe el estilo de vida curado y perfectamente filtrado que se muestra en las redes sociales, especialmente en Instagram. Implica una vida visualmente atractiva, idealizada y a menudo distante de la realidad cotidiana, donde la apariencia y la perfección son esenciales para mantener una imagen pública impecable. ↩︎
- Psychology of Popular Media: Es una revista académica que publica investigaciones sobre cómo los medios de comunicación populares influyen en el comportamiento, las actitudes y las emociones de las personas. Se centra en estudios psicológicos relacionados con la interacción entre el público y los medios, abarcando temas como la idolatría de las celebridades, la influencia de los medios en la autoestima y el impacto de las redes sociales. ↩︎
- Psychology Today: Es una revista y un sitio web que se centra en temas relacionados con la psicología, la salud mental y el bienestar. Ofrece artículos escritos por expertos sobre una variedad de temas, desde la psicología de la conducta humana hasta el impacto de los medios y las celebridades en la salud emocional. Su misión es educar al público sobre la psicología y brindar herramientas para mejorar la vida diaria. ↩︎
- The National Academy of Performing Arts: Es una organización que se dedica a la educación, la investigación y la promoción de las artes escénicas. A través de sus estudios e investigaciones, proporciona datos sobre cómo las artes impactan en la sociedad, la cultura y las emociones humanas, y realiza estudios sobre la interacción entre los artistas y su audiencia, incluida la influencia que los artistas tienen sobre el comportamiento social y la autoestima. ↩︎
- Elmo Cosquillas: Elmo es uno de los personajes más emblemáticos de Plaza Sésamo, el famoso programa educativo infantil. Con su pelaje rojo brillante y su risa contagiosa, Elmo ha sido un ícono de la diversión y el aprendizaje para generaciones de niños. Su nombre es sinónimo de explorar el mundo con alegría y curiosidad. Pero, ¡qué curioso! Tal vez no me encontré con un billonario en dólares en una tienda de Elmo Cosquillas, sino con un par de niños jugando a vivir la vida de manera adulta, como si estuviéramos participando en uno de esos juegos de “vida real” que se ven en las películas. ¡Quién sabe! Quizás el señor multimillonario y yo solo estábamos siguiendo el guión de un episodio muy peculiar de Plaza Sésamo. ↩︎
