Galopar sin miedo

Por Doric Marte

Hay fechas que no llegan a ser celebradas, sino que te sientan a negociar la vida. El cumpleaños es una de ellas. Llega muy puntual, impecable, se sienta frente a ti como una vieja amiga, con un café humeante en la mano y una mirada que no admite secretos ni mentiras. Este martes 17 de febrero no solo es martes de Doric Marte; es esa cita anual con la verdad. Llevo semanas acumulando ideas como quien colecciona notas en post it pegados por toda la cocina: frases sueltas, nombres de canciones, intuiciones nocturnas, conversaciones conmigo misma que empezaron como un susurro y terminaron como interrogatorios. Desde que inició este 2026 he tenido diálogos francos con mis metas, con mi lista de logros y con ese espíritu que no se conforma con una agenda llena de actividades si el alma está distraída. Y entre todas esas conversaciones emergió una idea incómoda y melancólica: no el propósito de mi vida, sino el aburrimiento de estar viva.

Sí, el aburrimiento. Esa palabra que nadie menciona, pero que a veces se desliza entre reuniones, viajes, situaciones, conversaciones y personas perfectamente peinadas. A comienzos de enero estaba en Kissimmee, Orlando, avanzando en un auto alquilado por avenidas colosales, limpias, perfectamente delineadas por árboles que parecían haber sido escuadrados a mano o podados con rayo láser. Señalización impecable, pintura amarilla y blanca sin un error, iluminación pensada para no dejar una sombra a la improvisación. Una ciudad levantada sobre pantanos y convertida en fantasía utilitaria. Ochenta millones de visitantes al año recorren ese escenario donde nada fue puesto por accidente. Y mientras avanzábamos por esa sabana urbana, silenciosa, casi imposible de aceptar, hablábamos de la magnitud de sus obras, de la mente que las soñó y de la disciplina que las ejecutó. Allí no hubo espacio a la improvisación. Entendieron que, ‘si fallas al planear, estás planeando fallar’, y decidieron tomarse esa frase en serio.

Entonces la conversación giró, como giran las manecillas del tiempo o las ideas en la mente cuando no quieren quedarse superficiales. Si alguien pudo transformar selva en emporio temático, ¿qué decide transformar cada ser humano con el tiempo que le fue asignado? Unos cocinan, otros cantan, otros lustran zapatos, otros programan, otros limpian oficinas en Silicon Valley mientras otros diseñan el próximo algoritmo que distraerá al mundo. Unos cortan el césped, otros escriben leyes, otros viajan al espacio, otros intercambian horas por salarios, ideas por contratos, talento por reconocimiento. Entonces, queriendo cerrar ese ciclo de pensamiento, concluyo al respecto que toda esa maquinaria que el derecho laboral organiza y que la economía administra es, en el fondo, un sofisticado pacto colectivo para ocupar el tiempo. Comer, andar, crear, llorar, cobrar, pagar, tender la cama, buscar otra, resistir… y finalmente morir. Dicho así suena decorosamente cruel. ¿Es aburrido vivir o es aburrido vivir sin saber para qué se vive?

La diferencia es sutil y feroz al mismo tiempo. No es la repetición lo que desgasta; es la ausencia de sentido. Vivir sin servir (a una causa, a una visión, a un proyecto, a una versión más elevada de uno mismo) es lo verdaderamente aburrido. Y servir no es una palabra sumisa, ni blanda, ni que implique sacrificios; es hondamente estratégica. Desde la administración de negocios hasta la psicología, desde el derecho hasta el yoga, todo converge en una verdad incómoda pero selecta: el ser humano necesita sentirse útil para no sentirse vacío. Necesita transformar algo, aunque sea una idea mínima, aunque sea su propio carácter. En el fondo, la materialidad y el alma no están en guerra; comercian, conversan, negocian constantemente. Los números cuentan historias. Las metas buscan significado. La salud protege la energía para seguir creando. Y el espíritu exige coherencia.

Filosofar sobre esto en el contexto de un cumpleaños no es un tema de autocompasión, es responsabilidad de adulta. Porque el tiempo no se acumula, él viaja, se consume, se esfuma, se va. Y si vamos a consumirlo, que sea con criterio bien fundamentado. Simplificar la vida no es minimizarla; es purificarla, aclararla. Mi ‘check list’ personal, esa lista íntima de la que tampoco hablas con nadie, empieza hoy con más “no” que “sí”, con más valentía que prudencia paralizante, con más miedo a morir sin haber vivido que a equivocarme mientras lo intento. Porque equivocarse es humano, pero omitir la propia vida es una tragedia que incendia en silencio, y ese incendio se convierte en Fuego Interior cuando decidimos galopar sin miedo.

Foto inédita. Doric Marte. Martes 17 de febrero de 2026

Dicen que algunas personas causan felicidad donde van y otras cuando se van. Yo sospecho que también existen las que causan movimiento, reflexión, incomodidad valiosa. Esas que no se limitan a funcionar, sino que deciden estar vivas con intención y determinación. Este martes no quiero celebrar ni velas ni cifras; celebro mi valentía de estar viva. Celebro no anestesiarme en la comodidad de lo correcto. Celebro seguir preguntándome si estoy construyendo algo digno del tiempo que se me concede. Con humor, porque dramatizar envejece al cuerpo y al alma; con gracia, porque la forma también es muy elocuente; y con esa chispa indómita que entiende que la disciplina no es un sentimiento es un reloj y que vivir no es pasar el tiempo, sino darle forma.

Y si alguna vez la vida parece aburrida, quizá no sea la vida el problema. Tal vez sea la falta de decisión para convertir el pantano propio en territorio fantástico. Porque al final, no es el calendario el que define la historia. Es el coraje de escribirla.

Fuego Interior GSM_Grabación inédita de Doric Marte_Martes 17 de febrero de 2026_Música: YouTube – libre de derechos.

Leave a comment