El tesoro que siempre fuiste, pero nunca te contaron

Por Doric Martë

🎧 Aquí el audio, por si prefieres que mi melodiosa voz te lo sirva en copa de cristal… porque leerlo es bueno, pero escucharlo es puro champagne auditivo.

En el mapa mental de Colombia, Boyacá ha sido por décadas ese lugar que algunos dibujan con papa criolla en la mano, ruana al viento y mejilla sonrojada… como si todo un departamento fuera un filtro de Instagram en modo “costumbrista de souvenir polvoriento”. Lo curioso es que mientras la caricatura se repite en televisión y chistes baratos, la Boyacá real está produciendo cine en Mumbai, diseñando en Milán, entrenando en Los Ángeles y vendiendo esmeraldas a precio de diamante en Dubái.

El problema no es Boyacá. El problema es el guion desactualizado.

Porque nuestro nombre no es cualquier cosa: viene del muisca Boiaca, que significa “región de mantas reales” o “cercado del cacique”. Un título de nobleza que existía siglos antes de que alguien nos disfrazara en la narrativa nacional de campesino eterno… Mantas reales… ¿puedes imaginar un origen más haute couture1?

Por eso hemos decidido actualizar el gentilicio y la actitud. Desde hoy, no más boyacos ni boyacenses que suenen a nota al pie. Ahora somos:

Soy Boiacá. Soy Mantareal. Soy Real de Boiacá.

Fuente: Sawan Lee Malagón, atleta híbrido Boiacá: donde la fuerza se esculpe con la misma precisión que una esmeralda de Muzo para una vitrina de diamantes en Amberes.


El Harvard del Altiplano: Del silencio a la conquista

“Mientras tú cuentas likes, los Boiacás contamos picos nevados y diplomas.”

Ser Boiacá en el siglo XXI es haber crecido viendo cómo el estereotipo nos robaba la narrativa. Nos volvió discretos, casi invisibles, como si salir en la foto fuera un riesgo de que nos pongan el subtítulo equivocado. Pero esa discreción estratégica se acabó.

Ahora lo decimos en voz alta: Tunja, la capital Boiacá, es una ciudad universitaria que compite en densidad académica con Boston y está a menos de dos horas de Bogotá.  

Boyacá no solo produce papas nativas (que por cierto son excelsas): produce cerebros.  Boyacá es el departamento más educado de Colombia en básica y media. Más cobertura escolar, más docentes con posgrado… y más estudiantes enviados a Francia2, que, a cualquier otro lugar, porque al parecer nuestra estrategia secreta para conquistar el mundo es infiltrarlo con Boiacás políglotas. Sí, París… aquí vamos, y no solo por las baguettes. Somos exportadores académicos. Francia no nos conoce por el café, sino por el intercambio de estudiantes Boiacás que aterrizan en París, Lyon, Montpellier o Burdeos a conquistar bibliotecas y dejar claro que, aunque muchos van de 2.800 metros más cerca de las estrellas, todos sabemos movernos como pez en el Río Sena.

Mandamos más estudiantes a Francia que muchos departamentos juntos (y no, no solo para aprender a hornear croissants, aunque, quién sabe, capaz sí y nos devuelven con acento francés y la receta mejorada. Y cuando volvemos a nuestro pueblo lo hacemos con mantequilla importada). 

Durante décadas, el estereotipo popular nos empujó a la discreción. Canciones que romantizaban la ignorancia, chistes televisivos que reducían nuestra identidad a torpeza pintoresca, y un “folclor” empaquetado para la risa rápida. Eso, aunque parte de la historia, no es —ni puede ser— la totalidad del relato.

La Boyacá real está hecha de generaciones urbanas, cosmopolitas, políglotas, entrenadores de élite, artistas de vanguardia, productoras de cine, chefs internacionales, científicos premiados y empresarios que firman contratos en cinco idiomas. Gente que ha llevado el carácter de montaña a las pasarelas, a los estudios de grabación, a los foros internacionales.

Geografía de élite, un territorio de múltiples vidas

El mito del “frío eterno” es tan falso como limitante. Boyacá es frío glacial en el Cocuy y calor dorado en el Piedemonte Llanero. Es pieles claras curtidas por la montaña y pieles morenas besadas por el sol. Es sombrero de ala corta en Tunja y ala ancha en la zona cálida.

El mapa Boiacá es un menú de experiencias premium: para que te ubiques, aquí están las Siete Maravillas de Boyacá, el mapa oficial de tesoros que harían sonrojar a varias listas turísticas del mundo:

  • Sierra Nevada de El Cocuy: 25 picos nevados listos para sesión fotográfica de editorial de invierno.
  • Lago de Tota: el más grande de Colombia, con playa blanca digna de National Geographic y picnic de chef privado.
  • Tunja: La Ciudad de los Tesoros Escondidos, con su arquitectura colonial y museos, que más bien parece un museo viviente que una ciudad dormida.
  • Villa de Leyva: Plaza Mayor para selfies eternos y festivales a cielo abierto que parecen producidos por Netflix.
  • Piedemonte Llanero: donde la montaña besa la sabana, y el clima te regala la excusa perfecta para un Panama Hat y lino impecable.
  • Occidente esmeraldero: cuna de gemas que han adornado a reinas, jeques y coleccionistas de museo.
  • Paipa: aguas termales y clubes, con copa de vino y orquesta en vivo.

Los Boiacás no son influencers, son gente que influye

Boyacá no produce personajes de sketch: produce líderes, artistas y atletas que mueven la aguja.

Desde ciclistas que humillan europeos en sus propios Alpes (hola Nairo Quintana), patinadoras que arrasan en competencias internacionales y coleccionan oros mundiales, hasta la autora del primer código ambiental de Latinoamérica y una bióloga marina reconocida por la UNESCO. Científicos que inventan tecnología inclusiva para lenguaje de señas.  Cantantes de música llanera e intérpretes de guitarra que derriten a un suizo con una sonrisa.

Aquí, la belleza viene acompañada de talento y de un humor afilado que desarma con elegancia; chefs que reinterpretan el Cocido Boiacá como obra de arte culinaria; o hermanos que producen cerveza3 cual cerveceros alemanes expertos, que por cierto acompañan legados como este, sabiendo a ‘fuego verde’, a maracuyá o a lulo. En la industria creativa, entrenadores Boiacás son responsables de los cuerpos que subyugan las audiencias, esos que ves en alfombras rojas. Fotógrafos y productores Boiacás han firmado campañas para marcas globales.

Y sí, en el cine y la moda, hay más de un matrimonio o historia de amor que empezó porque alguien conoció a una o a un Boiacá… y se rindió sin condiciones.


LA CAMPAÑA: SOY BOIACÁ

Boiacá es un nombre que se pronuncia con altivez

Sawan Lee Malagón. Atleta Híbrido Boiacá

“Boiacá” no es un gentilicio inventado, es el regreso a nuestra raíz original. Es breve, elegante, sonoro. Cabe en un titular de revista, en la etiqueta de una colección de moda, en un hashtag viral.

Este no es un hashtag vacío: es una patente. Cada vez que lo digas, estás reclamando tu lugar en la mesa grande.

  • Soy Boiacá: mi origen es mi carta de presentación.
  • Soy Mantareal: mi linaje viene de mantas reales, herencia de realeza muisca.
  • Soy Real de Boiacá: mi identidad es lujo histórico, no souvenir costumbrista.

Te presento el sarcasmo, servido en copa de cristal

Que quede claro: podemos llevar ruana, pero la llevamos como Anna Wintour sus gafas.
Podemos comer papa criolla, pero en soufflé, sobre vajilla de diseñador.
Podemos bailar torbellino, pero en un rooftop con vista a Manhattan.

El cliché nos resbala. Lo miramos desde arriba, como quien ve un meme antiguo y sonríe, porque sabe que la versión premium está aquí, caminando por Villa de Leyva con zapatos italianos y cartera de diseñador… hecha en Boiacá.

Y cierro sin haber terminado aún…

Somos territorio con denominación de origen: el queso Paipa en la cocina; las mantas tejidas de Iza, Ciénega y Nobsa en la moda; la cerámica de Ráquira y los tejidos de fique de Guacamayas, Ramiriquí y Molagavita en la decoración; y por supuesto las esmeraldas de Muzo y Chivor en la joyería.

Lo más chic del momento en haute couture, gastronomía, interiorismo y sostenibilidad tiene denominación Boiacá y enorgullece a nuestro origen indígena.

Ser Boiacá es tener denominación de origen.  Tener origen en Boiacá… es ser Haute Couture.

Hay lugares que no se miden en kilómetros, sino en latidos.
Hay historias que no empiezan en un calendario, sino en un suspiro del universo.
Y hay personas que no nacen… sino que son esculpidas por el capricho de los dioses como los Boiacás.

Tan sofisticados somos, que a Doric Martë la propia existencia divina se dio el lujo —y el capricho exótico— de engendrarla en el beso eterno de la sabana y la montaña… y eso, queridos míos, tiene un nombre sagrado: Boiacá.


  1. Haute Couture:Alta Costura– la cúspide del lujo, conquistada puntada a puntada por talento Mantareal ↩︎
  2. Francia: símbolo de élite global, destino académico y pasarela conquistada por el encanto Boiacá. ↩︎
  3. Bruder: cerveza de la tierra Mantareal para el mundo, hecha por dos hermanos Boiacás con maestría alemana – precedida por Edgar Cepeda, de genética emprendedora Boiacá, y su también deliciosa cerveza Magnus, que aunque en pausa, contamos las horas para que vuelva ⌛. ↩︎