Por Doric Martë

Porque al parecer, Dios también tiene lista de espera. Mientras sueñas con señales, otrxs ya firmaron el contrato. Soñar no es estrategia, es evasión con pijama. Lo milagroso sería que hicieras algo de una vez.

🎬 Escena eliminada de Runway Magazine: Este artículo apareció en nuestras fantasías editoriales mientras Miranda Priestly lanzaba un abrigo Chanel sobre el escritorio.

«Porque hay palabras que merecen ser oídas con rouge y convicción. Editorial con voz propia. Escúchalo como si te lo contara al oído.»

¿LOCA? SÍ… PERO CON COSTURA DE DISEÑADOR

– CRAZY, BUT MAKE IT COUTURE1

Porque si vamos a estar un poco locxs, que sea por vivir con la vida bien puesta.

En un mundo que aplaude la cordura mediocre, la contención emocional y la productividad estéticamente aprobada, atreverse a vivir con estilo propio y emocionalidad desbordada es una rareza gloriosa. Y como toda rareza que se respete… merece portada.

Hay quienes caminan por la vida como si esta viniera con instrucciones. Como si fuera un abrigo carísimo guardado para una gala invisible. Como si la felicidad necesitara código de barras, fecha de vencimiento y curaduría.

Pero no.
La vida no se plancha.
No se reserva.
No tiene temporada.

La vida, personas queridas, hay que llevársela puesta. Y sin etiquetas que digan cómo lucir, a quién amar o qué sentir.

No hablo solo de moda. Hablo de expresión, identidad, deseo. De esa locura lúcida que no pide permiso para vestirse de color, de sombra, de lentejuelas, de silencio o de rabia. Hablo de quienes se visten de sí mismxs, incluso cuando el mundo insiste en pedirles que usen algo más discreto.

¿Cordura?
La cordura no deja huella.
La cordura no cambia paradigmas.
La cordura no se sienta en primera fila, no viaja con el pasaporte vencido, ni se emociona en un desfile.
La cordura no se arriesga a vivir.

Loca – Crazy – la canción que Alanis Morissette2, grabó con delineador corrido y razón absoluta, lo dice mejor que cualquier editorial: “Nunca vamos a sobrevivir… a menos que estemos un poco locxs.” Y sí. Un poco locxs como quienes se atreven a soñar en voz alta, como quienes bailan sin música,
como quienes aman sin mapas,
como quienes se visten sin pedir permiso.

A veces, la mayor revolución es usar ese perfume caro un lunes, abrazar sin explicación, confesar un deseo, o atreverse a llorar sin taparse la cara.

A veces, lo radical es disfrutar. Y hacerlo con estilo.

Porque la moda, al final, no es un disfraz. Es una declaración. Y quienes se visten con libertad —sin importar género, talla, historia, estereotipo ni algoritmo— ya están ganando.

En este número imaginario de RUNWAY celebramos eso:
a quienes se arrugan bailando,
a quienes lloran con brillo,
a quienes se visten como se sienten,
a quienes ya no se editan.

Porque el milagro no ocurre cuando todo encaja. Ocurre cuando te arriesgas a habitarte.

Y si de eso se trata, hay que decirlo con claridad editorial:

No te guardes el vestido.
Ni el gesto.
Ni el deseo.
Ni la parte de ti que aún no te animas a mostrar.

La vida no se cuelga.
No se alquila.
No se etiqueta.

La vida… hay que llevársela puesta.

Así, en plural. Así, como venga. Así, con todas tus versiones en las de andar en cueros o en las bien vestidas.

Y así, como el águila que tras 40 años de vuelo debe elegir entre morir o transformarse3, yo también me retiré —por mucho tiempo— a mi propia cima simbólica. No fue de piedra, pero sí fue real. Los últimos 150 días no son una cifra literal: son la síntesis de varios años intensos, profundos y desafiantes que me exigieron renunciar, reinventarme y reconstruirme desde adentro, días de ruptura, días de silencio. Fueron años comprimidos en un proceso que parecía de 150 días, pero se vivieron como siglos internos. Me arranqué la versión que ya no volaba. Y en una metáfora de realidad, me quedé con lo mínimo: unos tenis, un suéter negro, unos blue jeans, un bolso rojo, y una dirección clara. Y con una certeza renovada: los milagros no llegan cuando estamos listxs… llegan cuando nos atrevemos a mostrarnos tal como somos.

Mi Ámsterdam no es un lugar: es un punto cardinal emocional. Esta imagen fue diseñada como postal editorial de ese momento en que no tenía más que un bolso rojo, unas uñas recién pintadas y una dirección clara. La pluma simboliza la palabra que me sostuvo. El mapa, los caminos que me inventé. Porque a veces, para encontrar el rumbo, hay que perderse con gracia.

Y como en Ámsterdam —esa ciudad que me recibió cuando lo había perdido todo menos la intención—, volví a mí. Caminé sin idioma, sin equipaje, sin certezas, pero con una idea intacta: yo sabía a dónde iba. Me pinté las uñas de blanco, como solía hacerlo en rituales personales, y volví a moverme. Volví a armarme. Volví a volar.

En resumen: no tenía un plan, pero tenía estilo y sobre todo gracia. Y con eso, como toda persona sensata, hice milagros.

Porque la verdad es que nadie te advierte que el verdadero crecimiento personal huele a ropa sucia, a desmaquillante, a boletas vencidas y a cafés fríos que terminan siendo decisiones clave. Nadie te dice que reinventarte duele más que una talla menos de zapatos en rebaja4. Y que hay días donde la autoestima se parece más a una maleta perdida que a un mantra de Pinterest.

Pero ahí, entre una terminal desconocida y una uña rota colgando, es donde ocurre la alquimia: Te vuelves peligrosa. Te vuelves precisa. Te vuelves tú.

Hoy, ese nido de caos y coraje se convierte en el punto desde el cual me lanzo oficialmente al mundo como blogger editorial. No por moda, ni por algoritmo. Lo hago porque ya no me cabe la verdad en silencio.

Y no, no soy cualquier blogger. Soy una cronista de la estética con causa. Una creadora de contenido con alto IQ y labial rojo. Una voz que viene del set, del vestidor, del backstage y del dolor convertido en criterio. Porque con todo lo que he vivido, lo que he escrito, lo que he observado, lo que he sentido… no vengo a llenar otro rincón digital. Vengo a crear una voz editorial con causa, a curar contenido vital para mentes despiertas, a narrar el glamour y la humanidad con conciencia crítica, con la autoridad de quien conoce los pasillos de lujo del Bellagio en Las Vegas y también ha buscado señal en medio del desierto; con la pluma de quien ha pisado el Hall de la Fama en tacones y también calles sin nombre con las suelas gastadas.”

Hablo de salud y arte, de moda y bienestar, de cine y conciencia, porque lo he vivido. Porque he vestido alfombras rojas y he caminado sin nada entre calles polvorientas y desconocidas. Porque el glamour, cuando tiene alma, también transforma.

Y a quienes me preguntan por qué hacerlo público ahora, les respondo con cortesía y rímel intacto: Porque ahora sí tengo algo que decir. Y porque el silencio ya no me combina. Y con alas nuevas, mirada limpia y la valentía intacta, hoy me permito hacer mi debut oficial como blogger.

No me lanzo a escribir por moda. Me lanzo porque la palabra también viste, porque la estética también puede sanar, y porque ya no tengo ganas de esconderme ni de esperar a que alguien más cuente lo que yo ya sé que merece ser contado.

Así que sí.
Hoy vuelo.
Hoy escribo. Hoy publico.

Y si algo dejo entre líneas con esta pieza de alta costura emocional, con esta costura editorial finamente hilada, es que a partir de hoy… me encuentren. Que me lean con curiosidad, que me escuchen sin prisa, que me inviten con intención y, por qué no, que me nombren cuando de hablar de estilo con sentido se trate. No como una más entre tantas voces digitales, sino como esa pluma que borda lo visible y lo visceral, con ironía precisa y un rouge5 bien puesto.

Porque si algo aprendí entre canales holandeses y maletas extraviadas es esto:

La vida no se almacena. No se calcula. No se aplaza.

La vida hay que llevársela puesta.
Y hoy, la mía… se pone en palabras.

Y así, como el águila que elige renovarse arrancándose lo que ya no sirve, también yo me retiré —durante un largo tiempo— a mi propia cima. Me arranqué la versión que ya no volaba. A medio vestir… y una dirección clara.

Y como en Ámsterdam —esa ciudad que fue para mí refugio, rito y prueba superada—, volví a encontrarme en lo más desconocido.
Volví a pintarme las uñas de blanco.
Volví a caminar sin miedo.
Volví a seguir mi rumbo.

Y hoy, ese nido que me sostuvo cuando todo parecía caerse, se convierte en el punto desde el cual me lanzo. Hoy, desde Ámsterdam —simbólicamente, emocionalmente, editorialmente— me presento al mundo con otra piel.

Este es mi debut oficial como blogger. Hoy vuelo con palabras afiladas, con mirada editorial, con voz sarcástica y propósito claro.

Porque si el mundo va a leerme, que sea así:
Con alas nuevas.
Con glamour.
Y con la vida —toda— puesta.

Esta imagen nació como el susurro visual de una certeza incómoda: los milagros sí ocurren… pero no esperan. Fue creada para recordarme (y recordarte) que soñar es hermoso, pero atreverse es urgente. El bolso rojo vuelve a aparecer como símbolo de lo que se lleva a cuestas cuando la vida ya no permite postergaciones. La pluma, como testigo de todo lo que ya no callaré.

🖋 Nota del Editor (imaginario, pero con unos Oxfords de charol Berluti bien lustrados): Este artículo no fue encargado por Miranda Priestly… pero debió serlo.

Imagen de portada: Esta imagen fue creada como firma editorial de una estética con causa. Una escena construida para quienes no solo se visten, sino que se habitan. El rojo no es solo un color, es una postura. La luz, un recordatorio de que incluso el caos puede ser escenografía si tienes la osadía de entrar en escena con lo que realmente eres.

  1. CRAZY, BUT MAKE IT COUTURE: Locura, sí… pero con costura de diseñador. ↩︎
  2. https://www.youtube.com/watch?v=3Ma-89UWMAY & https://www.youtube.com/watch?v=KV43rJ0a5iA ↩︎
  3. La metáfora del águila me la regaló mi madre cuando tenía poco más de veinte y muchos menos argumentos para seguir viva con elegancia. En esa época donde todo me incomodaba —la piel, el mundo, la adultez— ella me hablaba con ejemplos: una manzana más otra, dos bolitas que no eran dos palitos, y un ave que, para no morir, tenía que arrancarse el pico, las garras y las plumas. ¿Cruel? Sí. ¿Necesario? También. Así entendí que a veces tiene que doler para poder volar otra vez, que a veces para volar hay que desplumarse entera. Que el dolor no siempre es castigo. Esa historia, como muchas que ella me contaba, me enseñó que la vida se comprende mejor cuando se convierte en metáfora. Y que las fracturas también son formas de abrir alas nuevas.
    https://www.youtube.com/watch?v=1Dejfmsd5_4 ↩︎
  4. Esa frase nació de una metáfora que mi padre —sabio y conocedor de mi lenguaje— usó para hablarme de amor propio y renuncia. Me lo dijo con sabiduría y un toque de sarcasmo que heredé con gusto: “A veces ves los zapatos soñados, rebajados, únicos, de vitrina… pero son una talla menos. Te los pruebas, das cinco pasos y ya te sangran los pies. ¿Qué haces? ¿Te los compras por capricho y renuncias a caminar? ¿O los dejas ahí, perfectos pero imprácticos, y sigues tu camino —con dignidad y sin ampollas? Porque hay amores que, aunque combinan con todo, no fueron hechos para avanzar contigo.” Así, con nostalgia y con estilo, me enseñó y aprendí a no insistir en lo que no me calza. ↩︎
  5. Rouge: Dícese del lápiz labial rojo que, aplicado con intención y criterio, tiene más poder que un comunicado oficial. También sirve para levantar ánimos, egos y revoluciones silenciosas. ↩︎

P.D. Este artículo se publica a las 5:00 p.m. (hora de Colombia) del 24 de junio, justo cuando en Ámsterdam comienza el 25. No es casualidad. Es un cruce simbólico de husos y de ciclos. Un día hito. Tal vez el cumpleaños de quienes me han visto crecer, volar, caer y volver a armarme con más estilo, propósito y verdad.