Por Doric Martë
¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiese sido un niño amado?
«En Colombia, la salud mental»… tas tas tas… fue la última frase que salió de la boca de Miguel Uribe Turbay antes de recibir un par de impactos de bala. No por parte de un criminal de carrera ni de un francotirador ideológico. No. Por un niño. Uno de 14 años. Un niño que cargaba en el cinturón lo que esta sociedad le dejó en la conciencia.
¿Absurdo? Sí. Pero también brutalmente lógico, si miramos quiénes somos y a qué hemos renunciado como humanidad.
Escribí hace años un ensayo titulado “¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiese sido un niño amado?” No como provocación, sino como espejo. Porque detrás de cada monstruo hay una historia no contada. Y porque en este país, como en tantos, ya no hace falta esperar a los 30 años para fabricar un dictador, basta con criar con odio, miedo o abandono a un niño y soltarlo a la calle con hambre.
Y hoy, los hay a montones. Solo que no tienen bigote. Ni uniforme. Solo miradas perdidas, estómagos vacíos y rabias heredadas.
Hoy, muchos niños como el que atentó contra la vida de Miguel Uribe no tienen siquiera una oportunidad de ser amados antes de ser etiquetados. De ser abrazados antes de ser criminalizados. Apenas cometen el acto brutal, ya los tratamos como adultos irredimibles, como si el crimen hubiese nacido con ellos y no con nosotros, la sociedad que los fabricó a punta de abandono, desigualdad y pantallas que educan más que los padres.
En Colombia, más de 1.500 niños se han suicidado entre 2018 y 2023. Otros 7.000 lo intentaron. Y seguimos creyendo que esto es un tema “emocional”, menor, manejable.
Mientras tanto, un psiquiatra infantil debe atender a 40.000 niños por cabeza.
Eso no es salud pública. Eso es una ruleta rusa disfrazada de sistema.
Y claro, a los migrantes los miramos con más miedo que a los noticieros. Olvidamos que también fueron niños. Que muchos lo siguen siendo. A ellos no se les trata con compasión sino con sospecha. Como si cruzar la frontera los despojase de humanidad.
Mientras tanto, a los perros les hacemos fiestas de cumpleaños. A los gatos, cuentas en Instagram. Y a los niños de carne y hueso… los ignoramos. O los convertimos en estadísticas, titulares o cuerpos.
Lo más irónico —y dolorosamente simbólico— es que Miguel Uribe hablaba de salud mental justo antes de que lo silenciaran. Y no es un giro narrativo: es una premonición histórica. Un eco que la historia transformó en disparo. Como si su discurso fuera la sirena que nadie quiso oír. Un llamado que se puede convertir en epitafio. Y ahora todos gritan. Pero es tarde.
Y fue un disparo no solo a su cuerpo. Fue un disparo a la dignidad. A la posibilidad de una conversación nacional, a una familiar que nunca llega. A la herida de su gente. Y sí, incluso a la memoria de su madre, que también fue asesinada por este país que convierte el liderazgo en blanco, y la política en pólvora.
Ese balazo no fue un acto aislado. Fue el eco de un grito anunciado. De una herida abierta en nuestra sociedad que sangra por todas partes: en los barrios sin agua potable, en los colegios sin profesores, en los hogares sin ternura. En los niños que no quieren crecer porque ya vieron cómo se ve el mundo y no les gustó. Y ahora, los noticieros, los políticos, las redes, hacen lo que mejor saben: sacarle sangre a la herida para alimentar el espectáculo. Lo que nadie hace es preguntarse en serio: ¿Cómo es posible que un niño dispare a matar y no a jugar? ¿Qué demonios estamos cultivando?
Hoy, cientos de velas arden. No solo por él. Por todos. Porque sabemos que esto no fue un caso aislado, sino el vómito de una sociedad que ya no puede tragar su propio dolor.
Y sí, no tienes que ser el Buen Samaritano en cada semáforo.
No tienes que abrazar a todos los que lloran.
Pero sí puedes dejar de escupir juicio. De educar con desprecio.
De lanzar tu rabia como si fuera pedagogía.
De hablar como si no tuvieras heridas, ni pasado, ni sombra.
Porque la bala fue disparada por un niño.
Pero la cargamos entre todos. Porque la bala que disparó no estaba solo en su arma. Estaba en el bolsillo de cada ciudadano indiferente, de cada político mentiroso, de cada padre ausente, de cada adulto que eligió juzgar antes que preguntar.
¿Que el niño debe pagar? Que pague. Pero que no lo haga solo. Que pague también la sociedad que se desentendió. El Estado que lo abandonó. La familia que quizás ya no pudo más. La prensa que lucra con su historia. Y tú. Y yo. Todos. Porque lo que ocurrió aquí fue un doble crimen: uno contra un hombre que soñaba con liderar, y otro contra un niño que no supo cómo sobrevivirse a sí mismo. Porque no es solo un niño que dispara. Es una generación que implosiona.
Este texto se lo dedico a quienes reaccionaron llamándolo delincuente antes de llamarlo niño.
A los que no tienen idea de lo que significa estar roto y no tener a nadie que te ayude a recoger los pedazos.
A quienes nunca escucharon a Gandhi decir que “la grandeza de una nación puede medirse por cómo trata a sus miembros más vulnerables”.
A los que olvidaron que Rigoberta Menchú fue niña pobre, indígena, silenciada.
A los que prefieren pensar que Escobar fue una anomalía, en lugar de una consecuencia.
Y a ti, lector, si alguna vez te sentiste invisible. Porque quizás esa invisibilidad es la que está matando a nuestros niños… y luego, a nosotros.
Y mientras no atendamos con urgencia la salud mental —como política pública, como prioridad ciudadana, como deber moral—, seguiremos velando adultos caídos por niños desbordados. Seguiremos haciendo virales las tragedias en vez de prevenirlas. Seguiremos sembrando plomo, esperando flores.
Y si todavía tienes dudas, solo te pido que te imagines esto: ¿Qué hubiera pasado si Hitler hubiese sido un niño amado? ¿Y si este también?
Porque tal vez, solo tal vez, ese amor hubiera sido más fuerte que el plomo.
Imagen generada por IA
