Por Doric Martë – para Vogue, GQ, Forbes, la Interpol Cultural o el boletín semanal de la vergüenza nacional
Había una vez una tartaleta de guayaba. Pero no cualquiera, no señor. Era una pieza de arte gastronómico —guayaba fresca, arequipe artesanal, merengue francés con acento criollo— y un plan infalible para cerrar con broche de oro una visita diplomático-cultural de un amigo italiano, invitado por la Cámara de Comercio Italiana a estrenar con bombos y platillos la primera versión de ‘Talento Moda’1. Ya saben, lo mínimo: mostrarle que Bogotá no sólo es la ciudad del tráfico apocalíptico y la lluvia bipolar, sino también de sabores que merecen aplauso y tratado de libre degustación.
Spoiler: la tartaleta sobrevivió menos que la confianza en las conversaciones de happy hour de la escena cultural colombiana después del robo.
Al tiempo que debatíamos sobre arquitectura y paz mundial (o al menos sobre si el espresso bogotano tenía algún futuro más allá del filtro de Instagram), un elenco digno de una producción de Scorsese —con presupuesto de Netflix y coreografía del crimen organizado— invadió la pastelería con nombre de mujer, justo en los alrededores del Parque de la 93 y del Parque El Virrey (mi vecindario, para más escarnio). Cerca de 10 personas —entre modelos frustrados, figurantes del bajo mundo y extras con cara de “yo sólo vine por un té verde”— ocuparon el 80% de las mesas, actuando con una naturalidad tan impecable que ni los ocho meseros, formados en la noble escuela del multitasking capitalino, sospecharon un ápice. Un performance tan convincente que merecía no un India Catalina, sino un Emmy por “Crimen en Espacios Gastronómicos”.

Imágenes: Collage de pantallazos del video del momento del robo
Bajo la fachada de normalidad uno pedía un té que no pensaba pagar, otro distraía a la pastelera con preguntas sobre maternidad de gallinas y compatibilidad astrológica, mi bolso – con documentos, dinero y un lápiz labial edición limitada – ya había sido elegido como la pieza central del número. Si, así como si fuera parte de una coreografía de ballet criminal. Flashbacks2 de La Casa de Papel, versión Bogotá.



Imágenes: Pantallazos del video de la pastelería. Aquí el elenco del diablo.
Cuando me di cuenta, ya no había bolso, ya no había confianza, y lo que iba a ser sobremesa cultural con toque de guayaba y diplomacia terminó como un episodio de “Misión Imposible: Operación Arequipe”. Eso sí, los ladrones se le adelantaron unos días a Ethan Hunt —Tom Cruise— con el estreno… y sin pasar por Cannes. Como es mi costumbre, pensaba asistir al festival este año, pero Bogotá —tan coqueta— decidió traerme la función especial a pocos pasos de casa. Sin alfombra roja, pero con robo incluido durante la ignorada proyección de esta película.
Queridos lectores internacionales, inversionistas curiosos y turistas ingenuos: si vienen a Bogotá, les tengo una advertencia estilo Alejandra Azcárate3 mezclada con FBI y un toque de reality show de supervivencia: aquí el peligro no siempre se esconde en los barrios marginales ni en el sistema financiero… a veces viene disfrazado de amigo de todos o de sed.
Porque no, señoras y señores, no fue el sistema bancario el que me dejó en calzones —fue un civil. Un civil con cara de “estoy deshidratado” y la habilidad quirúrgica de un urólogo con doctorado en carterismo. Uno de esos personajes que camina por la ciudad aparentando tomarse un agua de panela con limón mientras, sin que te des cuenta, ya metió la mano entre tus pantalones hasta la rodilla. Y ni te diste cuenta. Así de refinado es el arte del robo callejero aquí. Un ballet clandestino que combina distracción, actuación y la habilidad de convertir tu tranquilidad en trauma en menos de tres minutos.
Mientras tú estás compartiendo una tartaleta de guayaba con un embajador cultural europeo, tratando de construir puentes entre naciones, ellos están excavando túneles invisibles entre tu falda para bailar tango, tu bolso y su próxima compra en efectivo.
Y no es una escena aislada. Es una masterclass gratuita de multitasking criminal: una finge que toma te con pose de abuelita desvalida en misa de seis, otro sonríe al mesero, un tercero desliza tu mochila por el suelo como si fuera parte del mobiliario, y el resto actúa con la coordinación de un ballet callejero. Corren a vaciar cuentas, – aunque con las mías no lo lograron, porque yo también he tomado clases con ‘la chica con el dragón tatuado’4 – desaparecen pertenencias y se esfuman como ninja recién graduado de Hogwarts5 . Todo eso con outfit urbano, bastón de utilería y una excusa lista tipo: “ay, es que no vi nada”.
Mi bolso —ese aliado de guerra lleno de documentos, dinero y dignidad portátil— fue arrastrado por el suelo con tal sigilo y perfección que no puedo sino asumir que uno de ellos había tomado clases de escapismo avanzado, o al menos hizo pasantía con Houdini6. Porque una cosa es robar, y otra muy distinta es hacerlo con el ritmo exacto entre el merengue y el crimen organizado. Un acto de desaparición tan limpio que merecía ovación de pie… hasta el propio Harry Houdini habría aplaudido desde el más allá… con las manos esposadas, claro está.
La ironía aquí no es que te roben —eso, en Colombia, es parte del turismo vivencial que me había negado a aceptar—, sino que lo hagan con tanta profesionalidad que terminas aplaudiendo. Casi te dan ganas de dejar propina por el espectáculo.
“¡Bravo, amigo del diablo! Me dejaste sin documentos, pero con una lección inolvidable: en Colombia, ni el agua es inocente.”
Y aquí es donde se pone interesante. Porque más allá del robo físico —que ya es grave—, lo realmente preocupante es el otro robo, el invisible, el descarado, el que está de moda entre políticos, creativos, emprendedores wannabe y hasta influencers de palo santo: el robo de ideas. Ese que no necesita ganzúa, sino descaro y Wifi ajeno.
En Colombia no solo te quitan el bolso, también te birlan el concepto, la campaña, el guion, el pitch de ventas, el diseño de marca y hasta la frase que soltaste sin querer en un almuerzo con la esperanza ingenua de hacer networking7. Aquí la creatividad no se celebra, se saquea. Te oyen decir una idea en un café y en menos de 48 horas ya hay alguien presentándola como suya en Shark Tank, en un podcast o en cualquier concurso de emprendimiento con el hashtag8 #SoyInnovador. Y claro, tú te quedas viendo cómo tu tartaleta creativa aparece en otro empaque, sin agradecimientos, y con la etiqueta: “100% original”.
Y no es sólo un problema anecdótico. Según cifras de la Cámara de Comercio de Bogotá, el 65% de los emprendedores creativos han sufrido alguna forma de plagio o apropiación indebida de sus ideas. Lo peor: muchas veces por parte de colegas, jefes o instituciones que predican innovación mientras navegan con motor ajeno. Este fenómeno no solo desincentiva la innovación, sino que también perpetúa una cultura de deshonestidad y falta de reconocimiento al mérito ajeno. ¿El crédito? Se esfuma como mi bolso y mi tartaleta. Además, en 2023 se reportaron 154.856 hurtos a personas en Bogotá, siendo los parques y escenarios deportivos lugares frecuentes para estos delitos. En estos espacios se registraron 5.219 casos de hurto, según datos del Sistema de Información Estadístico Delincuencial y Contravencional.
La normalización de estos actos no constituye solo un conflicto de carácter social o un problema económico; es un reflejo de una cultura donde el «todo vale» se ha normalizado. Desde el ladrón solitario o las bandas de crimen organizado hasta el empresario o colega que se apropia de ideas ajenas, la línea entre lo honesto y lo deshonesto se ha vuelto difusa. Esta mentalidad erosiona la confianza en las personas, los emprendedores y las instituciones y estos «simples actos» desalienta tanto la certidumbre como la inversión extranjera, vital para el desarrollo económico y cultural del país.
Entonces ‘La Tartaleta’ se transformó en una ‘Metáfora Nacional’. La tartaleta de guayaba que pretendía compartir con mi amigo italiano se convirtió en una metáfora de la realidad colombiana: una fachada dulce que oculta una amarga verdad. Mientras no enfrentemos conjuntamente la delincuencia común y la apropiación indebida de bienes o ideas con un carácter templado, además de políticas o acciones rápidas y efectivas junto a un cambio cultural profundo, seguiremos siendo una nación donde la creatividad se roba y la confianza se desvanece.
A ver, Colombia: ¿cuándo fue que decidimos que apropiarse de lo ajeno era una forma de vida y no un delito? Porque no estamos frente a un problema de pobreza —estamos frente a una crisis de decencia.
Confesémoslo de una vez: todos, en algún momento de nuestra infancia o adolescencia apelotardada9, nos robamos algo. Un lápiz, una idea, un beso a destiempo. Y bueno, con el beneficio de la estupidez y la inocencia, eso podía pasar por travesura pedagógica. Pero cuando ya podríamos tener canas hasta en el vello púbico, seguir robando ya no es inmadurez: es sinvergüencería profesional, con maestría en descaro y doctorado en doble moral.
Así que, sí, nos están robando. Pero no con violencia explícita, sino con el encanto de una sonrisa cínica y una botella de agua como distractor. Y eso, amigos míos, es aún más alarmante. Porque si la cara del crimen ya no es la del villano clásico sino la del tipo común que se sienta al lado tuyo en la cafetería, ¿cómo construimos confianza en un país que ha hecho de la deshonestidad un deporte de locura cultural, disfrazada de amor por el arte?
Al final del día, el mensaje es claro: puedes robarme la cartera, las ideas, incluso el esmalte de uñas si quieres… pero jamás te podrás llevar mi ironía, mi arte, ni mi habilidad para escribir un artículo tan venenoso que debería servirse con guantes y cuchara de plata.
Pero hay algo que estos ladrones gourmet de ideas, postres y carteras no terminan de entender: podrás robar la receta, pero jamás replicarás la sazón del alma. Podrás copiar el estilo, pero nunca el propósito. Puedes disfrazarte de cliente para delinquir, pero no podrás jamás disfrazarte de creador para trascender. Porque cada vez que te llevas algo —ya sea una tartaleta, una idea, una firma, una frase o mi linda y envidiable cartera— también te llevas un nuevo karma, y ese no se quita ni con ruda, ni con baños de sal, ni con sanación cuántica certificada por TikTok. Sí, me robaron: me volaron el bolso, intentaron vaciar las cuentas y casi logran vaciar la paciencia. Pero no pudieron con mi gracia, ni con la capacidad de indignarme con elegancia, ni con el talento de convertir el infortunio en manifiesto. Y por cada cosa que tomes, civil disfrazado de artista o ciudadano modelo, también te llevas una carga energética que ni con agua bendita en combo con Reiki10 vas a poder disolver.
Y como diría mi abuelita: lo que das, vuelve. Y si lo que das es cinismo, descaro y apropiación ajena, prepárate para recibir un postre bien servido: tartaleta de consecuencias con topping de vergüenza pública.
Lo siento, querid@ criminal, pero esa receta sí es original. Y no, no se comparte. Como diría nuestra filósofa reguetonera de cabecera, Karol G: «Lo siento, pero el flow11 no está a la venta.» Así que… buena suerte intentando piratear la esencia. O, si prefieres un toque internacional para acompañar tu atraco con clase: Buona fortuna, ladrón/a gourmet.
Con soundtrack de Misión Imposible, coreografía de thriller urbano y dirección del crimen organizado: Bogotá demostró que aquí la misión no solo fue posible, fue un éxito de taquilla para los ladrones. Comparto este video de las cámaras de seguridad no solo para denunciar a los delincuentes, sino para visibilizar una modalidad de robo cada vez más común y sofisticada.
Que sirva como advertencia: si llevas bolso, nunca lo dejes suelto. Átalo a tu silla, a tu pierna o al instinto de supervivencia, porque mientras conversas tranquilamente, hay bandas entrenadas para desaparecer tus pertenencias con precisión quirúrgica y cara de yo-no-fui.
- Talento Moda: es una iniciativa de la Cámara de Comercio Italiana para Colombia, concebida como un espacio para conectar a jóvenes talentos, emprendedores y la industria de la moda. Una pasarela de creatividad local con sello internacional… donde, irónicamente, también se reportaron robos de una cámara, una luz y el bolso de una expositora. Bienvenidos al networking criollo: con discursos sobre innovación y seguridad en la entrada, y talento desapareciendo —literalmente— en la salida. ↩︎
- Flashbacks: esos recuerdos estilo tráiler de terror que aparecen sin pedir permiso, a veces en medio de una reunión, una ducha o una cita con alguien que se parece demasiado a tu ex o a tu trauma. No avisan, no preguntan y nunca eligen un buen momento. ↩︎
- Alejandra Azcárate: comediante, actriz, presentadora y oráculo del sarcasmo nacional colombiano. Reconocida por decir en voz alta lo que muchos apenas murmuran en WhatsApp, mezcla stand-up con ‘stand-firme’, y no le tiembla la lengua ni en televisión, ni en Netflix, ni en el ojo del huracán. ↩︎
- Referencia a Lisbeth Salander, protagonista de la saga “Millennium” de Stieg Larsson: hacker antisistema, vengadora moderna y prueba viviente de que la inteligencia y la rabia bien enfocada son armas letales. la única capaz de arruinarte la vida con una USB, una moto y un corte de pelo filoso. ↩︎
- Hogwarts: (el colegio de magia y hechicería más famoso del universo de Harry Potter) esa escuela ficticia que todos quisimos en vez del colegio real donde solo te enseñaron a hacer exposiciones en cartulina y a reprimir tus emociones. Básicamente, el Harvard de los magos… con túnicas, escaleras traicioneras y más traumas por segundo que una reunión familiar. ↩︎
- Houdini: Harry Houdini fue un famoso ilusionista y escapista húngaro-estadounidense del siglo XX, conocido por liberarse de esposas, camisas de fuerza y cajas cerradas bajo el agua. El maestro original del “ahora me ves, ahora no”. Metáfora perfecta para cualquier persona, idea o billetera que desaparece sin dejar rastro… incluyendo la mía, en plena pastelería bogotana. ↩︎
- Networking: ese delicado equilibrio entre parecer interesado sin parecer desesperado, hablar de ti sin sonar egocéntrico, y recordar el nombre del otro sin confundirlo con el del camarero. Es la coreografía social donde fingimos espontaneidad mientras calculamos el ROI de cada apretón de manos. ↩︎
- Hashtag: (palabra o frase precedida por el símbolo “#”) esa varita mágica con la que intentamos que el algoritmo nos note, nos ame y nos viralice. A veces sirve para agrupar contenido… otras, solo para gritar al vacío con estilo. ↩︎
- «Apelotardado» es una joya del español coloquial —una mezcla entre atontado, embobado y despistado, pero con un toque de ternura involuntaria y cierta vergüenza generacional. distraído o aturdido. « ↩︎
- Reiki es una práctica de sanación energética de origen japonés que consiste en canalizar energía a través de las manos para equilibrar el cuerpo, la mente y el espíritu. La palabra se compone de dos kanjis:
Rei (霊) que significa “energía universal”
Ki (気) que significa “energía vital” ↩︎ - Flow: estilo con actitud. Es esa energía única que te hace destacar sin esfuerzo. No se copia, no se compra, no se explica: se nota. ↩︎
